Me dicen que la voz ‘recordar’ alude al corazón (cordio), sugiriendo la idea de volver a sentir. El recuerdo sería aquella evocación de un sentimiento, un retorno a un momento inicial, en el que tuvo lugar un hecho que hoy vuelve a entretener nuestra atención. Esto es, un pasado que se hace presente.
Imagino al pensamiento como una ave solitaria, que con el recuerdo se consuela. Lo digo así, hernandianamente, a sabiendas de que enuncio una verdad que muchos descubrieron antes. Ahora, sólo agregando una letra, el pensamiento se convierte en nave (que es también un ave, pero envasada en navío), cuya navegación es un vuelo interminable en el que a veces, cansados de repetidas novedades, decidimos volver atrás. El piloto gira en círculo, dibujando la gota de agua que le permita re-tornar al lugar y el momento en que situamos al personaje que protagoniza nuestro soliloquio.
En efecto, ¿dónde y cuándo situar al sujeto que conocimos bajo el nombre de Tomás Coldaroli, coloquialmente Tomasito?
Se trata de Buenos Aires a comienzos de los años 60, en el barrio de Flores; exactamente Bolivia 530. Había allí una comunidad que tenía en común su actividad (estudiantes) su origen (remotas ciudades o próximas aldeas, más rurales que urbanas), su edad y su sexo (varones casi adultos de 17 a 30). Anoto que también los identificaba su opción religiosa, en tanto se definían como católicos, un adjetivo aún más impreciso que el de argentino.
La institución, porque lo era, tenía sus reglas, y no poco estrictas. Bajo la apariencia de la pensión había todo un claustro secularizado, remedo moderno y algo bizarro de un monasterio medieval de púberes varones. La organización se basaba en la autogestión. Eclesial ma non troppo, con presencia de un cura de verdad. Había un prefecto que duraba dos meses en funciones, elegido entre nosotros por el grupo, y un ecónomo, determinado por sus propias cualidades y la incompetencia de los demás para tal función. También había semaneros encargados de sacar la basura a la puerta, y ocasionalmente del lavado de sábanas, a cambio de un módico plus. Desempeñé todas las funciones, salvo la de ecónomo. Sé lo suficiente de economía y de mí mismo como para ignorar que he fracasado en el intento de combinarlos en la vida diaria.
Bajo el patronímico de San Carlos Borromeo había nacido una primera casa universitaria (la CUSC), desgajada de uno de los tantos pensionados que gestionaba el cura Etcheverry Boneo. Unos años después, viendo que los aspirantes superaban el número de camas cuchetas disponibles, en cuartos que parecían cuadra de regimiento o juvenil albergue, se formó una segunda casa, puesta esta vez bajo la advocación de Federico Ozanam, ilustre protector de los presos, refugiados y marginales. La sigla de CUFO siempre ofreció un campo para la sátira y rebuscadas rimas.
Pues bien, cuando aterricé en la segunda casa universitaria, hacia febrero de 1961, comenzó otra etapa de mi vida en instituciones totales. Ya conocía los colegios religiosos con internado, pero este pensionado universitario, en comparación, se parecía a la libertad absoluta. En esta etapa aprendí la mayor parte de lo que sé acerca de la vida comunitaria y la amistad entre varones. Estaban los “grandes”, los veteranos, lo que marcaban el camino. Y nosotros, los recienvenidos, que estábamos conociendo las máquinas de afeitar, el humo del cigarro, y las mujeres. A veces, sobre todo el primer año, se rezaba el rosario y se exponían las intenciones. No me acuerdo las que expresábamos, pero puedo imaginar las que callábamos.
Es en este escenario de doméstica vecindad, suerte de obligada familiaridad entre pares, es donde mi memoria sitúa a Tomasito. Un metro ochenta. Con cierta tendencia a la obesidad, pero no debida a atosigamientos bulímicos, sino, pienso ahora, al sólo efecto del buon mangiare, anunciado por la raíz itálica de su apellido. Su cuerpo –invariablemente bien vestido, aromatizado por colonias de buena marca- estaba coronado por una relativamente pequeña cabeza, asentada sobre cuello corto. Rostro redondo, sonriente, de ojos pícaros, que podía pasar rápidamente a la calentura.
Pero a diferencia de los otros “grandes”, que marcaban continuamente el principio de autoridad, Tomás, que también suscribía la idea de un orden jerárquico estricto en la sociedad, que era común entre los católicos de la época, prefería un tipo distinto de vínculo con los “chicos”, ubicándose más bien como tío un tanto cómplice.
Por lo común expansivo y de buen humor, Tomás era un hombre generoso y conciente de su papel de mediador entre estos jóvenes algo pajueranos y la gran ciudad, que apenas vislumbrábamos, a pesar de habitarla. Nuestro itinerario diario incluía el tranvía 99, que nos llevaba a las aulas de la universidad en la que se suponía que estudiábamos.
En la casa, que al fin y al cabo era nuestro hogar, nos reunían las comidas, el espíritu gregario, y también la soledad, que apenas cabía en nuestro atestado mundo vital pero sí, un poquito, en nuestra intimidad de pibes que extrañan el pago. Luego estaban las sesiones de estudio, a menudo nocturnas, interrumpidas por discusiones delirantes que proponía el infatigable conversador Raúl Bauso, que aparentemente gozaba poniendo a todos los demás en su contra.
Periódicamente, el deseo de apartarnos en pequeños grupos de la gemeinschaft dominante nos llevaba a los bares de la vecindad. A mi me gustaba el Quitapenas, en la calle Nazca. Pero había varios otros que solíamos frecuentar, incluida La Perla para alguna cita ceremonial. Se trataba de tugurios clásicos o pizzerías modernas, cafés de luz difusa o cervecerías de ambiente deustche, por entonces de moda.
Más o menos achispados, nos veo saliendo una noche, en medio de risas, bromas jocundas, pullas o cargadas, en el sugestivo éxtasis que el alcohol pone en el alma, poniéndonos, de pronto, en situación de pandilla callejera, de tunantes burlistos, sorprendidos al ver a Tomás apretar el timbre de cierta casa acomodada, y saliendo luego a la carrera, todos, hacia la esquina donde nos perderíamos en la sombra.
Sea esta modestísima trasgresión de las sagradas normas del orden social la mayor que recuerdo. Nos hubiera gustado protagonizar otras aventuras más memorables y literarias, en el terreno del sexo, por ejemplo. Pero esa posibilidad no se nos presentaba entonces tan fácilmente como lo deseábamos. No era sencillo ponerse de novio en la ciudad, y menos aún enganchar una mina en tanto baile como se ofrecía todos los sábados. Y a veces de jueves a sábado, como en el club San Jorge, o en el Círculo Santiagueño, que yo solía frecuentar con obsecuente e inútil perseverancia. Luego, en caso de hacer un contacto apropiado, ¿cómo haríamos para llegar con naturalidad a esas otras instituciones denominadas por entonces hoteles ‘alojamiento’, o, más vulgarmente, ‘muebles’ o 'telos'?
Nuestras iniciativas concupiscentes eran aventuras principalmente mentales, actos que cabía ubicar en el territorio de la sociología de la intimidad antes que en el Kinsey Report. Pero no quiero generalizar: así me sucedía a mí; como siempre, envidiaba a los más diestros que yo en este arte de la cacería de mujeres, que bajo esa forma se presentaba también el complejo y misterioso vínculo de seducción entre varón y mujer. Entre ellos descollaban Fito y Darío Pelusso, capaces de cantar, y de conquistar a través del arte de la música, el baile, y el chamuyo. Para eso había que organizar una reunión ‘social’ (como si las hubiese de otro tipo), una especie de vermouth danzante movilizado por simpáticas moviolas a cuerda y por actuaciones en vivo.
Y allí estaba, también, Tomás. Él pertenecía a la reducida élite de los que tenían el problema resuelto: tenía novia. Esto, en el lenguaje de la época, significaba algo serio, vaya a saberse por qué. Sin embargo, esta seriedad aparecía en Tomás bajo una forma levemente satírica, sonriente. Humorística era, de cabo a rabo, su relación con Irene, una pequeña y fina dama incaica de las tierras altas del Tauantisuyo. Irene era el sujeto contrafóbico de este Tomás niño. Ella, maternal y realista, ante este estricto ideólogo que jugaba a la guerra revolucionaria.
En ese tiempo Tomás ya estaba instalado en el mundo, si por tal se entendía, además de la novia, el trabajo. Tenía un puesto considerable en la firma Sanderson SAC, de Concordia que producía jugos de naranja concentrados. La oficinas estaban en Esmeralda 1008, primer piso. El papel membretado de Sanderson puebla mi correspondencia, y por lo visto lo usábamos discrecionalmente.
Más que por buen pasar, era su generosidad la que nos llevaba a comer, de a uno por vez, en algún restaurante caro. Ese era uno de sus gustos: mostrarnos el mundo del buen vivir en la mesa, diferenciar cubiertos, copas, vinos y carnes, para captar ese sentido que une al sibarita con el gourmet.
Tomás tenía una formación ideológica definida, en torno a las ideas del nacionalismo católico, de inspiración franquista, que combinaba el pensamiento de derecha con la Rerum Novarum. Estas ideas estaban ampliamente vigentes en ese momento de Argentina, y unos años después tomaron forma bajo el gobierno de facto de los militares ‘azules’, que más tarde aprendimos a llamar dictadura.
Era lector y propagandista del periódico La Tradición, que editaba en La Rioja el padre Herve Le Lay, que hoy identifico en una línea lefevbrista. Tomás percibía la amenaza del comunismo como una fuerza disolvente de la ciudad católica, que latía no sólo en el imperialismo del Soviet y el PC, sino también en la corriente desarrollista de Frigerio y Frondizi, y aún en la revista Panorama. Nada sé de sus vinculaciones con esta corriente de ideas, pero ahora me acuerdo del ostensible gordo Mendoza, con el que alguna vez compartimos espacios de charla. Y de la oratoria ronca y abdominal –no por eso menos encendida- de Jordán Bruno Genta, a quien una década después asesinaron en la puerta de su casa, en un barrio de Buenos Aires, tan tranquilo como el de Flores.
Esos fueron los años en que el asesinato político cruzaba por las mismas calles en que circulaba el 99.
Tomás era un lector avisado. Releí estos días no menos de cuatro cartas que me envió cuando en 1964 fui llamado a las filas del ejército, obligación de servicio militar que cumplí con dócil civilidad, sin atreverme a la deserción, en el regimiento 4 de caballería Coraceros General Levalle, en San Martín de los Andes. Tomás describía con lujo de detalles la operación que hicieron después de mi involuntaria partida: hallaron en mi pequeño cuarto monacal un hato de ropa sucia que mereció la pena del azul blanqueador, luego de provocar cierta intoxicación ambiental, inevitable por el tiempo que habían permanecido en maceración las prendas íntimas en cuestión.
Gracias a este oportuno alejamiento de Buenos Aires, mantuve una copiosa correspondencia con mis amigos de la CUFO: conservo las cartas como prueba de una vocación epistolar, eminentemente literaria, a más de periodística y de crítica social, que cultivaba nuestra generación. En otra carta me habla del Séptimo Círculo y las novelas policiales, de Michael Burt, y de su inspiración chestertoniana. Desde entonces me llamó "el granuja".
Mi último recuerdo de Tomás Coldaroli es de 1970: pasó por Santiago del Estero con Irene y su Citröen. Han pasado 35 años desde entonces, y no he vuelto a saber nada de él. Ahora necesito verlo, saber de su tiempo, de su gastronomía, de sus ideas, de Irene, de sus lecturas y sus impresiones acerca de cómo va el mundo. No quiero dejar de decirle que lo recuerdo como el más fraternal, ilustrado y riente de mis amigos de entonces. Y que aún me acuerdo de la deuda que tengo con él. Cumplido esto, mi nave seguirá su viaje.
Maco Hondo, Santiago del Estero, 25-12-05.
Héctor Fulgenzi, Mito Fernández, Tomás Coldaroli. Roberto Alberti, Raúl Bauso, Darío Pelusso, el sanjuanino Lázaro, Fito Fernández, y más tarde Ernesto Perro Nanni, Patricio Griffin, y el simpático Turk, salteño de Orán.